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4 de marzo de 2026

Un submarino estadounidense hunde una fragata iraní y deja 150 desaparecidos

La Marina ceilandesa rescató a 30 tripulantes heridos tras recibir una señal de socorro mientras las autoridades investigan las causas del naufragio.

El hundimiento del buque de guerra iraní IRIS Dena frente a las costas de Sri Lanka, con 150 marinos desaparecidos y varias decenas de supervivientes en estado crítico, ha transformado el choque entre Irán, Israel y Estados Unidos en una campaña naval de alcance oceánico. Washington confirmó este miércoles que la Marina estadounidense fue la responsable del hundimiento. 

El secretario de Defensa, Pete Hegseth, afirmó que un submarino estadounidense disparó un torpedo contra “un buque de guerra iraní que creía estar seguro en aguas internacionales”. Aunque no mencionó expresamente al Dena, la Marina ceilandesa había informado horas antes de que esa nave se había ido a pique con unos 180 tripulantes a bordo, en paralelo a la fase más intensa de ataques sobre territorio iraní desde el estallido de las hostilidades y a la proclamación de Teherán de “control total” sobre el estrecho de Ormuz.

En la oscuridad de la madrugada del miércoles, la Marina de Sri Lanka recibió una llamada de socorro del Dena cuando se encontraba a unas 40 millas de Galle, justo al borde de las aguas jurisdiccionales del país. El mando naval ceilandés puso en marcha un dispositivo conjunto con la Fuerza Aérea, enviando al menos dos unidades de superficie —entre ellas buques que pocos días antes habían compartido fondeo con la fragata iraní en Visakhapatnam— y aeronaves de patrulla marítima para localizar al casco, que se precipitaba al fondo con sus 180 hombres a bordo. El ministro de Asuntos Exteriores, Vijitha Herath, detalló ante el Parlamento que varias decenas de tripulantes fueron extraídos del agua y evacuados al hospital de Karapitiya, en Galle, mientras el resto sigue en paradero desconocido en una zona donde marina y guardacostas sostienen una operación de búsqueda y rescate en un entorno táctico y meteorológico cada vez más adverso.

La secuencia temporal del caso Dena revela su auténtico peso operacional. El 16 de febrero, la fragata iraní atracó en Visakhapatnam para integrarse en unas maniobras navales de gran envergadura, con la participación de 74 marinas y bajo la revisión de la presidenta india, Droupadi Murmu. Durante esos días, el comandante de la Marina iraní, contralmirante Shahram Irani, mantuvo contactos formales con el jefe del Estado Mayor Naval indio para reforzar la coordinación en seguridad marítima, amparados por un lema que hoy suena irónico: “Unidos a través de los océanos”. Entre los buques desplegados figuraban unidades de Australia, Japón, Corea del Sur, Rusia y otros socios occidentales, así como los patrulleros ceilandeses SLNS Sagara y SLNS Nandimithra, que poco después pasarían de la foto de familia al salvamento de náufragos iraníes frente a Galle.

En ese mismo marco, la US Navy había barajado enviar el destructor de misiles guiados USS Pinckney, pero la decisión fue revertida a última hora, según fuentes marítimas, para evitar el coste político de ver a un escolta estadounidense amarrado junto al Dena si el choque con Irán se desencadenaba en plena revista internacional. El 25 de febrero se dio por concluido el despliegue en aguas de Andhra Pradesh y, apenas tres jornadas más tarde, Washington y Tel Aviv activaron la operación Epic Fury, una campaña coordinada de golpes de precisión contra nodos militares y navales iraníes en respuesta a los ataques de Teherán contra tráfico mercante y objetivos vinculados a Israel en el Golfo de Adén y el mar Rojo. El Dena navegaba entonces de regreso a su base, atrapado entre un escaparate multinacional de supuesta “cooperación” y una guerra abierta que lo alcanzó cuando aún hacía derrota en el Índico.

Las características del buque ayudan a entender el impacto de su pérdida en los círculos castrenses. Se trata de una unidad de la clase Moudge, con un desplazamiento estimado entre 1.300 y 1.500 toneladas y 94 metros de eslora, dotada de misiles antibuque, armamento antisubmarino y propulsión de desarrollo nacional. Fue el primer casco iraní equipado con un sistema de lanzamiento vertical para misiles y uno de los ejes de la renovación de la flotilla de superficie de la República Islámica. Había completado vueltas al globo y misiones de escolta en mar abierto, consolidándose como la plataforma más avanzada de la Armada iraní para operar más allá del golfo Pérsico y el mar de Omán. No era una simple patrullera litoral, sino un vector de combate oceánico diseñado para proyectar presencia y demostrar autonomía tecnológica lejos de aguas propias.

La etiología del hundimiento continúa envuelta en incertidumbre. En el Parlamento ceilandés se habló de una “explosión” a bordo, sin aclarar si obedeció a una avería interna o a fuego enemigo. El mando naval de Sri Lanka se ha limitado a subrayar que su respuesta se ajustó a la Convención Internacional sobre Búsqueda y Salvamento, evitando entrar en valoraciones sobre el origen del daño. El debate, sin embargo, ya se ha trasladado al plano estratégico. Un diputado de la oposición cuestionó abiertamente si la fragata había sido alcanzada en el marco de la ofensiva en curso, sin obtener contestación del Ejecutivo. Diversas cabeceras han manejado escenarios que van desde un posible encallamiento previo hasta un ataque submarino o un impacto bajo la línea de flotación, extremo apuntado por fuentes de seguridad locales. El silencio de Washington alimenta la hipótesis de que Epic Fury podría estar operando, discreta pero eficazmente, mucho más allá del perímetro clásico del golfo.

Mientras tanto, la guerra se intensifica en tierra y aire. La eliminación del ayatolá Alí Jamenei ha precipitado a la cúpula iraní a un proceso acelerado de designación de sucesor, al tiempo que se suceden los ataques contra centros de mando, nodos de control de misiles y bases aéreas en Teherán, Isfahán y otras ciudades clave. Israel ha extendido su ofensiva terrestre al sur del Líbano, con unidades entrando en Khiam para golpear posiciones de Hezbollah, mientras la milicia chií responde lanzando drones y misiles contra infraestructuras estratégicas en el corazón de Israel, incluida la industria aeroespacial. En paralelo, Arabia Saudí intercepta nuevos enjambres de drones dirigidos contra la refinería de Ras Tanura y el gigante chino Cosco congela escalas en puertos del Golfo, en un contexto de derrumbe de los parqués del Golfo y de Asia ante el riesgo real de una interrupción prolongada del flujo energético.

Desde las aguas del golfo Pérsico, los Guardianes de la Revolución aseguran que mantienen un control efectivo sobre el estrecho de Ormuz y advierten de que cualquier mercante o petrolero que intente cruzarlo se expone a ser alcanzado por misiles o aeronaves no tripuladas, en un entorno saturado de vectores de precisión y contramedidas. La respuesta estadounidense ha sido anunciar escoltas navales para garantizar el paso de los cargueros de crudo, configurando un escenario de escoltas armados, amenazas cruzadas y reglas de enfrentamiento al límite. En ese tablero, el naufragio del Dena lejos de su litoral es la señal de que la guerra ha roto definitivamente las costuras geográficas tradicionales y que el Índico deja de ser retaguardia para convertirse en frente.

 

 

 

La Razón

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