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18 de abril de 2026

La fuerte historia de Rita, quien logró escapar de una secta y denunció que fue abusada por su padre

Hoy la joven lucha por reconstruir su vida, dejar atrás una etapa de drogas y la prostitución, y encontrar su propia libertad emocional.

Rita Reidel se crió en una secta. Para ella, esa casa enorme en Olivos, partido de Vicente López, llena de familias, reglas estrictas y silencios incómodos, era simplemente la vida que le tocaba vivir.

Su infancia fue atravesada por el abuso sexual, el miedo constante, la manipulación psicológica y un escape de la secta que la puso cara a cara con el mundo real. Pero hoy, a los 27 años y con varios años de terapia a cuestas, Rita se animó a poner en palabras que esa "aparente normalidad" en la que se crio.

Cuando Rita nació, su padre ya era el líder de una organización que se hacía llamar "Iglesia del Próximo Siglo". No era un templo en el sentido tradicional, sino una red de comunidades que se extendía por distintos puntos del país -Bariloche, Carmen de Patagones, La Plata, el conurbano bonaerense e incluso tenía presencia en Chile.

"La organización se presentaba formalmente como una institución de ayuda, pero puertas adentro funcionaba de otra manera. Las reuniones, a las que llamaban 'congregaciones', se realizaban tres veces por semana. Ya sea en mi casa o la de los otros miembros", contó Rita. "Mi papá, que era el líder, decía que era el elegido de Dios. Había gente que le creía por fe o por amor a Dios y prestaba sus casas", explicó Rita. "Ese líder, a quien conocían como "Mica", era en realidad Miguel Reidel", señaló en diálogo con Infobae.

"Todos vivíamos bajo las reglas impuestas por mi padre", relató. La lógica interna de la secta era difusa, pero poderosa. Los vínculos externos estaban prácticamente prohibidos. La familia materna de Rita, por ejemplo, era considerada "demoníaca": dijo que no podía ver a su abuela, ni a sus tíos, ni aceptar los regalos que le enviaban. "Todo lo que venía de afuera era sospechoso", aseguró.

Aunque asistía a la escuela, su mundo social estaba restringido a la iglesia. "No nos prohibían explícitamente tener amigos, pero nuestros vínculos eran todos de adentro de la secta", explicó. Esa limitación, sumada a un clima de control constante, configuró una infancia donde el miedo era cotidiano.

"Yo lloraba mucho en la escuela, pero nunca nadie intervino ni se preocupó", aseguró. Y relató una situación que la marcó mucho en la primaria: "Mi papá no quería que juráramos la bandera y la mandó a mi mamá a hablar con los directivos para que no lo hiciéramos. Nunca nos dijo el por qué".

Rita también recordó que tenían prohibido llamarlo "papá" delante de todos. "Para nosotros era 'Mica'. Eso lo terminé de comprender con los años", dijo. Ese detalle, que de chica parecía una excentricidad, con los años revelaría su verdadero sentido: ocultar una doble vida, múltiples esposas e hijos, y un sistema de control cuidadosamente construido.

"Nadie sabía que éramos sus hijos", contó al hacer referencia también a sus cuatro hermanos. "En su discurso los hombres podían tener muchas mujeres, pero las mujeres no. Eso estaba completamente aceptado dentro de la comunidad", explicó.

El miedo fue el idioma de su infancia. "No siempre se trataba de golpes, al menos no de forma sistemática. Era más una violencia psicológica. Ese miedo se instalaba en el cuerpo. Era como el dolor de panza constante cuando él estaba en la casa", describió. Para ella, su presencia, sus palabras o su forma de mirar ya eran suficientes para disciplinarla.

La vida cotidiana estaba regida por normas estrictas, castigos y humillaciones. "Nos despertaba a las tres de la mañana, revoleando cosas, diciendo que no habíamos limpiado bien. Los límites que nos ponía eran extremos, y éramos apenas unos niños", contó.

"Si mi hermano lloraba, lo retaba porque eso era de maricón y lo dejaba en el patio en calzones", ejemplificó. Así fue como, desde la infancia, Rita aprendió a reprimir todo lo que sentía: "Mi papá me enseñó que llorar es de débiles y hoy me cuesta un montón mostrarme vulnerable".

El temor no solo provenía de los castigos físicos o psicológicos, sino también del discurso. "Daba miedo. Los bebés lo veían y lloraban. La gente se reía, pero no era gracioso", contó sobre el clima de intimidación permanente en el que vivían. "Mi mamá, que era una mujer triste y sometida, cargaba con todas las responsabilidades del hogar y la iglesia. Intentó huir en varias oportunidades, pero no pudo porque nos mudábamos con frecuencia para asistir a las congregaciones por distintos puntos del país. Era su esclava", resumió.

El sistema estaba diseñado para naturalizar lo inaceptable. "Todo estaba muy manipulado para que lo aceptes", explicó al hacer referencia que uno de los miembros de la secta solía alzar a los chicos en brazos "tipo koala" para apoyarlos sobre sus genitales y manosearles la cola. "No es que alguien te decía 'esto está mal'. Para nosotros era lo normal", se lamentó.

La salida de ese mundo no fue inmediata ni sencilla. Cuando tenía alrededor de 10 años, su madre intentó separarse y se mudaron al sur, a El Bolsón. Fue un período de extrema precariedad económica y emocional. "Mis hermanos y yo no nos queríamos ir. Vivir en esa casa de Olivos era nuestra vida. Pero quedarse tampoco era una opción", recordó.

La inestabilidad continuó durante años. Idas y vueltas entre sus padres, mudanzas constantes, y decisiones que recaían sobre niños y adolescentes. "Era una vida de acá para allá. No había hogar", dijo.

A los quince años, finalmente, Rita tomó coraje y huyó de la casa de su padre. Se refugió primero en lo de una hermana -que había escapado con su madre a El Bolsón y formado su propia familia- y luego volvió con su madre, que se había mudado a Trevelin, cuando el desarraigo ya era profundo.

En ese vacío, y al ingresar en la adolescencia, comenzaron a aparecer otras formas de dolor. Relaciones violentas, consumo de drogas, dificultades para sostener estudios o trabajos. "Yo solo sabía construir vínculos tóxicos. Era lo único que conocía", admitió. Durante años, su vida giró en torno a la supervivencia: trabajar para pagar un alquiler, comer y sostener sus consumos.

A los 27 años, Rita sigue haciendo terapia para procesar todo lo vivido durante la infancia y la adolescencia

A los 17 se fue a vivir sola y la prostitución fue parte de ese recorrido. "Fue la forma que encontré para pagar mis gastos", contó sin rodeos. Hoy, sin embargo, marca una diferencia: "Ya no ejerzo de forma presencial. Renuncié a eso gracias a la terapia. Pero me gano la vida vendiendo contenido en Only Fans", afirmó.

El proceso terapéutico fue, según sus palabras, un punto de inflexión. Después de intentos intermitentes, encontró un psicólogo que le pidió compromiso. "Me dijo: 'te atiendo si no faltás'", recordó. Aun sin recursos, logró sostener el tratamiento. "Ahí empecé a entender el nivel de tristeza en el que vivía. Era constante. No tenía sueños, no tenía rumbo".

Ese trabajo interno le permitió, poco a poco, empezar a reconstruirse. También a tomar decisiones distintas. Hoy estudia Mecánica Dental en La Plata, una carrera técnica que eligió por su carácter práctico. "Quiero terminarla. Es algo que puedo sostener", aseguró.

El vínculo con su familia sigue siendo complejo. Con su padre cortó contacto hace dos años. El último encuentro, en 2024, fue revelador: "Él reconoció algunos comportamientos, aunque sin asumirlos como abusos. No sé si era consciente o no. Pero ya no es mi tarea entenderlo". Dijo que la charla duró alrededor de 15 minutos y que cuando su padre la vio fingió, en principio, no reconocerla.

Con su madre mantiene una relación distante. "Hablo poco porque me hace mal", remarcó. Sin embargo, el lazo no está completamente roto. Con sus hermanos, en cambio, conserva una conexión fuerte, a pesar de las distancias y los conflictos. "Hay una lealtad que no se rompe", enfatizó

En paralelo, Rita decidió hablar. "Denuncié a mi papá por los abusos en 2023, en El Bolsón", contó. Sin embargo, esa causa no prosperó: "La denuncia quedó archivada porque me dijeron que tenía que hacerla de vuelta en Buenos Aires, porque la mitad de los hechos habían sucedido acá y yo no quise hacer más nada".

Esas denuncias también trajo consecuencias: amenazas legales, presiones y acuerdos que limitan lo que hoy puede decir. Aun así, continúa. "Mi batalla era hacer algo por mí, por la nena que nadie protegió", explicó. "No espero necesariamente justicia en términos judiciales. Mi búsqueda es otra: reparar, en la medida de lo posible, lo que fue roto", añadió.

Actualmente, su vida está lejos de ser perfecta. Sigue lidiando con traumas, con dificultades para vincularse y con fantasmas del pasado que aparecen./M1.

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